1 de marzo de 2026
Compartimos la traducción de un artículo de AMI Voices de Louise Livingston, Entrenadora AMI 3–6 y Directora de Formación en el Maria Montessori Institute de Londres, que reflexiona sobre cómo la neurociencia actual confirma que la educación debe trabajar con el cerebro y no contra él.
En el articulo, la autora, experta en neurociencia y pedagogía Montessori, propone un cambio de paradigma educativo que abandone el modelo industrial pasivo por uno alineado con la biología del aprendizaje. Basándose en que el cerebro aprende mejor mediante el compromiso activo, el movimiento y la autonomía, sostiene que entornos educativos que fomentan la atención sostenida y la gestión positiva del error permiten consolidar conexiones neuronales profundas y desarrollar funciones ejecutivas sólidas en los niños.
Fuente:(Traducción al español realizada por FAMM. Texto original publicado en AMI Training Voices – https://montessori-ami.org/trainingvoices/neuroscience-learning.)
Traducción:
Soy formadora de la AMI y Directora de Formación en el Instituto Maria de Londres. He pasado los últimos 11 años estudiando neurociencia educativa a nivel de doctorado. Mientras más entiendo sobre cómo aprendemos, más convencida estoy de que nuestros niños merecen una educación distinta a la que se ofrece actualmente. Esta es mi «voz» al respecto: los animo a descubrir más sobre la neurociencia y a unirse a lo que Montessori llamó la «revolución educativa».
¿Qué pasaría si el mayor problema de la educación no fuera el aumento de niños con necesidades de aprendizaje adicionales, los profesores desencantados o el financiamiento? ¿Y si el problema fuera el modelo mismo?
Por más de un siglo, la escolarización tradicional ha funcionado mayoritariamente bajo un esquema diseñado para la era industrial: entrega estandarizada de contenidos, ritmo fijo, sin diferenciar por edad o capacidad, y una recepción pasiva de currículos diseñados y dirigidos por adultos. Todo esto reforzado por exámenes para evaluar si se están logrando los resultados. En 2023, la profesora Angeline Lillard sugirió que es un sistema construido para transmitir información eficientemente en lugar de cultivar mentes de manera efectiva. Sostuvo que el sistema educativo requiere urgentemente una renovación, insistiendo en que la educación necesita un «cambio de paradigma» comparable a una revolución científica. No hay nada en su argumento con lo que la neurociencia del aprendizaje no esté de acuerdo.
La comprensión neurocientífica actual indica que el aprendizaje no es una función mental única, sino todo un sistema trabajando en conjunto. La entrada sensorial, la actividad motora, la atención, la emoción y la codificación en la memoria operan juntas en un bucle dinámico que construye conexiones neuronales en el cerebro. Estas conexiones sustentan lo que sabemos, cómo pensamos y cómo actuamos.
Cuando este bucle se repite, las conexiones neuronales se fortalecen. Con el tiempo, lo que antes requería esfuerzo se vuelve automático. Cuando falta un elemento, especialmente la acción motora o la motivación, el bucle se debilita y el sistema falla, haciendo que el aprendizaje sea más difícil. Sin embargo, cuando la enseñanza apoya estos sistemas de aprendizaje, este se vuelve más profundo, eficiente y menos estresante.
Para este aprendizaje óptimo, el neurocientífico cognitivo Stanislaus Dehaene sugiere que varias condiciones son esenciales. Primero, la atención debe estar comprometida; el cerebro no puede aprender información a la que no atiende. Segundo, el aprendizaje requiere compromiso activo: hacer algo y observar el resultado es mucho más efectivo que recibir información de forma pasiva. El movimiento juega un papel importante en la regulación de la atención y el apoyo al procesamiento cognitivo. Lejos de ser una distracción, la actividad física puede mejorar la concentración y el aprendizaje. Tercero, el cerebro aprende prediciendo lo que es más probable que ocurra y se involucra particularmente ante un error en sus predicciones, lo que convierte a la retroalimentación del error en una herramienta de aprendizaje crucial. Finalmente, el tiempo y la repetición son necesarios para la consolidación, permitiendo que los nuevos conocimientos se integren en la estructura del cerebro. El cerebro no está diseñado para quedarse quieto y absorber, entonces, ¿por qué pedimos a los niños que hagan esto en la escuela?
Un entorno educativo que se alinea con estos principios es Montessori. Los ambientes tranquilos, estructurados y predecibles ayudan a los niños a asignar su atención de manera eficiente porque no están tratando constantemente de interpretar estímulos inesperados. Esto también reduce el estrés, lo cual es importante porque la ansiedad interfiere con la atención. La autonomía y la elección son igualmente importantes para reducir el estrés. Cuando los niños pueden seleccionar actividades que coinciden con sus intereses y nivel de desarrollo, la relevancia emocional le indica al cerebro que algo vale la pena ser recordado. Pero cuando la emoción señala que algo puede ser demasiado estresante, la atención se desvía hacia el instinto de supervivencia para reducir el estrés, dificultando el aprendizaje. Por lo tanto, lograr el equilibrio entre el compromiso emocional y el estrés innecesario es crucial para el aprendizaje. Este es un componente funcional del aprendizaje, ya que ofrece oportunidades para la concentración sostenida, que es fundamental. Cuando los niños son interrumpidos frecuentemente, el bucle de aprendizaje se rompe antes de haber comenzado realmente.
La integración del movimiento en las actividades cognitivas también es central para la atención y el compromiso activo. El aprendizaje se fortalece cuando los niños manipulan objetos, mueven sus cuerpos e interactúan físicamente con los materiales. Esto se debe a que la cognición no se limita solo al cerebro: está distribuida entre el cerebro, el cuerpo y el entorno. Dado que la interacción física proporciona información sensorial y motora que enriquece la codificación neuronal y apoya la memoria, los conceptos que se experimentan físicamente suelen comprenderse más profundamente que aquellos que se encuentran solo verbalmente.
Otro factor clave es la retroalimentación del error. El cerebro aprende eficientemente cuando puede detectar y corregir errores. Una retroalimentación inmediata y clara ayuda a refinar las vías neuronales y evita que los conceptos erróneos se arraiguen. Además, cuando los entornos tratan los errores como fracasos que deben corregirse, los niños se desmotivan y se sienten menos competentes; pero cuando el error se trata como una parte natural del aprendizaje, se fomenta la experimentación, la persistencia y el pensamiento adaptativo. Los niños se sienten seguros para intentar, fallar e intentar de nuevo, manteniéndose comprometidos en el bucle de aprendizaje.
La consolidación se ve favorecida cuando se fomenta la repetición mediante la secuenciación cuidadosa de los materiales. El cerebro no aprende a saltos: construye la comprensión capa por capa. Las redes neuronales se forman vinculando la información nueva con lo que ya se conoce. Cuando las bases son sólidas, el aprendizaje se acelera; cuando no lo son, el conocimiento posterior no tiene nada estable a qué aferrarse y comienza a colapsar.
Los enfoques educativos alineados con estos principios neurocientíficos tienden a fomentar funciones ejecutivas sólidas. Las habilidades ejecutivas, como la regulación de la atención, el control inhibitorio y la memoria de trabajo, son esenciales para el comportamiento dirigido a metas y el aprendizaje independiente. Estas se desarrollan a través de oportunidades repetidas para enfocarse, planificar, monitorear el progreso y ajustar estrategias.
Si sabemos cómo aprende mejor el cerebro, ¿por qué seguimos enseñando como si no lo supiéramos? Unamos nuestras voces para fortalecer el llamado a una revolución educativa.
Louise Livingston
Entrenadora AMI 3–6

